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Cuentos

Amenaza

Darryl Evans, Premio de WAC (Writing Across the Curriculum, 2010)


Hacía muchas horas que estaba nevando, haciendo los bordes del camino difíciles de ver. Esto no redujo la velocidad de Tomás y seguía corriendo hacia adelante. Tomás no era un hombre ni paciente ni amable. «Él ángel de la muerte» así le llamaban a él en la ciudad -- nunca cara a cara, por supuesto. Él les oía susurrando como hojas secas. Nadie gustaba de él, pero él no gustaba de nadie, y él lo prefería así. Por eso, vivía en el campo, afuera de la ciudad y de todo lo que odiaba.
[…]
Más adelante cuatro o cinco perros cruzaban el camino. Si había algo que Tomás odiaba más que las personas eran los animales, especialmente los perros. Tomás pisó el pedal del acelerador hasta el fondo.  La parte trasera del carro viró bruscamente como un pez en la nieve resbaladiza. Él sonrió mientras su carro grande chocó con uno de los perros. Mirando por el espejo retrovisor, él vio a los perros corriendo a través el campo, como conejos brincando en la capa profunda de nieve. El perro golpeado estaba sangrando, pintando una franja carmesí sobre el lienzo de nieve fresca, con la sangre de su cuarto trasero herido.
– ¡Malditos perros callejeros! – gruñó Tomás
– ¡Mierda!

Con la velocidad y su falta de concentración, Tomás no pudo hacer el viraje agudo. El pesado carro  voló a través de la nieve al lado del camino, aterrizando boca arriba entre los árboles en la cuneta.

Tomás recobró el conocimiento lentamente. Mientras nadaba en la superficie del conocimiento, él sintió un creciente dolor agudo en la pierna. Era claro que la pierna estaba rota, y creía que tenía una conmoción cerebral. El sol se había puesto, pero había parado de nevar y la luna creciente daba luz adecuada. Sabía que tendría que ir hasta el camino para obtener ayuda, y aun así, podría pasar un rato hasta que alguien condujera por ese camino rural.

– ¡Ay! – gimió Tomás mientras comenzó mover la pierna herida. La puerta se abrió fácilmente pero se lastimaría salir del carro. No tenía otro plan. No se quedaría aquí con la temperatura tan fría.

Tomás se arrastró despacio del carro, gritando fuerte cada vez que la pierna chocaba con algo. No notó ni las huellas en la nieve ni los pares de luces amarillas mirándolo. Entonces vio las manchas rojas en la nieve y su sangre se heló mientras oía el gruñido amenazador.


Darryl Evans